martes, 7 de marzo de 2017

Tercer material

Era  un día cálido y húmedo en el que se escuchaban las voces de los transeúntes y los ruidos de los automóviles. La variedad de sonidos daba cuenta de la actividad y el bullicio que había en la ciudad.
Los estudiantes regresaban a clases después de haber gozado, durante un mes, de las vacaciones de verano. Su caminar tranquilo se distinguía del resto de la población que no pudo disfrutar de aquel beneficio. Ya en el salón de clases, durante una hora libre, compartían sus experiencias.
Lurdes hablaba de los días que había pasado en el pueblo de su madre, un lugar en Chiapas, entre las montañas del sureste mexicano. Los recuerdos le eran todavía muy claros y a partir de su memoria podía volver a experimentar, como si estuviera ahí: el olor de los árboles y la tierra mojada en los días de lluvia, el canto de los pájaros y el de los gallos al amanecer, el olor de café que inundaba la casa y se colaba hasta su recámara por las mañanas, el sabor del nanche y todas las historias que doña Esperanza, su abuela, le narró durante su estancia.
En sus vacaciones, Lurdes probó por primera vez el nanche y entró de nuevo en contacto con sus primos, con quienes no convivía desde hacía mucho tiempo. Se dio cuenta de que vivían de una manera diferente a ella, con gustos diferentes y ciertos conocimientos sobre las plantas. Un día se enfermó de gripa, y se compuso con un té de bugambilia, limón y miel, que su prima Laura le preparó.   
Lurdes preguntó a sus compañeros:
—¿Ustedes tienen primos con los que se llevan bien? Ahora que estuve en Chiapas, me di cuenta de algo. Mis primos me caen bien y tienen mi edad, pero viven de una manera muy distinta a la mía. ¡Una de mis primas ya hasta se casó!, ¡y ya está esperando un bebé!
—Pues yo tengo muchos primos, y cuando nos encontramos, vamos a jugar futbol. Aunque todos han seguido las leyes de la naturaleza, ahora están casados y tienen hijos  — contestó Carlos. 
—Yo también tengo muchos primos, pero sólo me llevo bien con dos de ellos. A los otros les gustan cosas muy diferentes que a mí. Pero, Carlos… no estoy de acuerdo contigo en que la gente se case porque siga las leyes de la naturaleza. Algunos se casan por amor, otros porque les conviene y algunos ni se casan. Si algunos se casan jóvenes, es porque así se hace en donde viven, o porque ven las cosas de manera distinta a nosotros. Su visión del mundo es diferente a la nuestra —dijo Ana.
—¿Qué quieres decir con que su visión del mundo es distinta a la nuestra? —preguntó Carlos.
—Pues no sé… que han tenido otras vivencias en el lugar en donde viven, con la gente   que conviven, con sus vecinos, con su familia y con sus amigos, y eso los lleva a pensar y a actuar de manera diferente a nosotros —contestó Ana.
—¿Quieres decir que somos como somos por las vivencias que hemos tenido del lugar en el que vivimos, con la gente que convivimos, con la familia que tenemos...? Yo creo que eso es verdad, Ana, pero pienso que no solo eso nos hace ser lo que somos. Si así fuera, tus hermanos serían igualitos a ti —señaló Lurdes.
—Yo no creo que sean tan importantes todas esas cosas y que determinen cómo somos. Pienso que hay algo interior en cada uno de nosotros que nos hace muy parecidos. Por ejemplo, todos percibimos que esta mesa está aquí, que es de madera y que está pintada de rojo. En nuestro interior todos somos iguales, vemos, escuchamos y sentimos las cosas de la misma manera —respondió Carlos.
—Sí, pero aunque todos vemos la mesa y observamos que es de madera y que está pintada de rojo, no a todos nos parece lo mismo. A algunos les parece útil, para otros es bonita y para algunos otros es vieja. Cada quien le da un sentido dependiendo de la experiencia que haya tenido de la mesa. A mí, por ejemplo, me parecen aburridas las matemáticas porque no las entiendo, mientras que a Carlos no le gusta la literatura porque la maestra lo regaña mucho —dijo Ana.
—A ti pueden no gustarte las matemáticas, pero estás de acuerdo en que, dos más dos son cuatro, y también estarás de acuerdo en que Zapata fue un revolucionario mexicano. Así que, aunque tengamos gustos diferentes, hay cosas en las que todos estamos de acuerdo —comentó Carlos.
—Tienes razón en que todos estaríamos de acuerdo en que dos más dos son cuatro, pero no en que Zapata fue un revolucionario mexicano. Imagina a un extranjero; él no tendría por qué saber eso y, por lo tanto, no podría estar de acuerdo. Así como el extranjero no puede saber eso, porque no forma parte de su mundo, así también muchos gustos que tenemos, los tenemos por el lugar en donde nacimos… ¿Qué tal el café, Lurdes? A ti te encanta mientras a mí no me gusta ni tantito; prefiero el chocolate. De niña, mi mamá me preparaba chocolate todas las mañanas. Ahora que estuve de vacaciones en Oaxaca, mi tía Rosi me sirvió un chocolatito caliente con un pan de nata. ¡Y fue como volver a mi infancia! —dijo Ana.
—Pues el extranjero no podría estar de acuerdo porque no lo sabe, pero en cuanto lo supiera, estaría de acuerdo. Pero, ¡ah! ¡Qué rico lo del chocolate! ¡Vamos por uno! A mí también me gusta aunque yo no nací en Oaxaca como Ana. Además, hoy en la mañana leí en una revista científica que el chocolate tiene propiedades contra el envejecimiento y la depresión —comentó Carlos.

—¡Vamos!, así yo me tomo un café y Carlos nos explica a qué se refiere con que todos somos iguales en el interior —propuso Lurdes.

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