domingo, 2 de abril de 2017

Cuarto material

Esa mañana, los párpados le pesaban más que los bultos que había cargado el día anterior. Sin embargo, tenía que levantarse, a las cinco en punto, como lo hacía desde que había entrado a trabajar y estudiar. Juntó todas sus fuerzas y puso el dedo gordo de un pie en la tierra. La humedad trepó hasta sus talones, sintió helarse, pero aun así bajó la otra pierna mientras se tallaba los ojos.
—¡Ándale, hijo! ¡Ya es hora! Apúrate a quitar el agua de la lumbre porque voy a poner el comal —dijo Pascuala, su madre.
La voz de ella se mezclaba con el rumor del río, el canto del gallo y el parloteo de la radio. Rafael seguía medio atolondrado, se resistía a aceptar que aquellas imágenes de una vida distinta habían sido solo las escenas fugaces de otro sueño que se disolvía al amanecer. Se quedó sentado unos segundos, con la mirada fija en un charco del piso. Como ya sus hermanos se habían levantado, su mamá subió el volumen de la grabadora.
«¡Amigos radioescuchas de La Ke-Rica 106.5! ¡Excelente mañanita de viernes para todos! —exclamaba un popular conductor—. ¡Es hora de levantarse! ¡A sacudirse la flojera que es enemiga del éxito! Recuerda que el secreto de la felicidad está en hacer lo que te apasiona. No veas tu trabajo como una carga, sino como una oportunidad para sentirte realizado».
—¡Ándale, hijo, ya párate, que el agua se va a enfriar! —insistió Pascuala.
Rafael asintió con la cabeza, como en automático, pero seguía repitiéndose a sí mismo las palabras del locutor «hacer lo que te apasiona…». No podía evitar pensar en lo mucho que le hubiera gustado estudiar guitarra. En cambio, tenía que ir a trabajar a una fábrica de quesos finos y así ganar lo indispensable para sobrevivir.
A pesar del sopor, se levantó, metió el agua caliente y se bañó. El frío de Chipilo no da tregua a esas horas de la madrugada, así que se vistió lo más rápido que pudo: el pantalón de mezclilla que usaba del diario, la playera descolorida del Mundial del 2010, los tenis negros rasgados.
—¡Ya está el café! —anunció Pascuala—. Hijo, siento feo, pero ahora sí te voy a poner nomás tortillas con salsa para el almuerzo. A ver si al rato se vende algo en el mercado, y saco para comprar aunque sea tantito requesón. Desde que pusieron la tienda esa grandota donde todo cuesta quince pesos, ya casi no vendo nada porque los clientes dicen que los extranjeros dan todo más barato que yo. ¡Si la gente supiera lo que cuesta hacer lo que nosotros hacemos! —expresó con algo de tristeza.
—No se apure, jefa —contestó Rafael mientras echaba su almuerzo y cosas de la escuela a su mochila.
¡Qué lenta le pareció aquella jornada matutina! En realidad, su malestar había comenzado desde antes. Llevaba días preocupado porque se acercaba el cumpleaños de Dominga y, por más que había intentado ahorrar para comprarle algo, con tantos gastos no le alcanzaba para un regalo, y menos para llevarla a algún lugar a festejar. Pensaba en las palabras del locutor de radio, y más que ánimo, le daban coraje…
Por fin llegó la hora del almuerzo, los minutos que tanto añoraba Rafael para estar un ratito con Dominga, su novia, quien vendía gelatinas afuera de la fábrica de quesos.
—¡Ey, Rafa!, vámonos a almorzar —gritó Josué, un compañero de Rafael—. ¡Ya me urge respirar un poco de aire fresco!
—¿Aire fresco? —replicó Feliciano, un muchacho de intendencia—. Aquí afuera, puro humo negro. ¡Aire fresco… el del cerro donde vivo! Bueno… ¡ya ni ese porque talaron todos los árboles para poner a pastar vacas! Pero, mejor ni digo nada porque de esas vacas es la leche que nos traen acá. ¡Bien dice el lema de nuestra empresa: México es territorio de don Carlos!
—¡Cálmate con nuestra empresa, Feliciano! —dijo Josué sonriendo—. Ya vámonos a almorzar, Rafael. Te ha de estar esperando tu enamorada.
Afuera de la fábrica había una jardinera redonda con el tronco seco que daba una tirita de sombra. Ahí se sentaba Dominga a vender sus gelatinas. A pesar de llevar ya varias semanas de noviazgo, la joven aún se sonrojaba cada que Rafael llegaba a sentarse con ella. Al encontrarse se saludaron con un beso discreto. Por su parte, Josué volteó para otro lado y sacó una bolsa de plástico con comida, llevaba un par de tacos con verdolagas.
—¡Híjole, este taco se me antojaría con uno de esos quesos que hacemos y que se derriten bien rico! ¡Creo que se llama «gouda»! —exclamó Josué.
—¿A poco tú sí has probado los quesos que hacemos aquí? —preguntó Rafael.
—¡No! ¿Cómo crees? ¡Si están bien caros! —respondió Josué—. Pero ya ves que en el comercial que sale en la tele, se ve que ponen en la lumbre el queso ese… ¿cómo se llama? ¡Ah, sí, el gouda! Y se antoja mucho así, bien calientito.
—¡Pues sí! Y eso que tú traes tacos de verdolagas, los míos nomás son de salsa —dijo Rafael meneando la cabeza.
Dominga percibió la vergüenza de Rafael en ese momento, así que intentó bromear un poco y dijo con picardía:
—¡Pues hubieras agarrado un cachito de queso a escondidas!
—¡No, cómo crees, Dominga! ¡Eso sería robar! —reaccionó Josué.
—¡Ash! ¿Cómo va a ser robo comer lo que uno mismo hizo? ¡Rafael hace los quesos y nunca los ha probado! ¡Es como si yo no pudiera comerme una de las gelatinas que hago con mis propias manos!
—¡Ah! Bueno, Dominga, pero aquí es diferente porque el queso no lo hace Rafael solo. Se necesita un montón de cosas: la materia prima, las máquinas, el lugar pa’ trabajar. Y todo eso lo pone el patrón. Lo que pasa es que tú ves al Rafa con ojos de amor, y por eso crees que él es el mero mero de los quesos, pero no. El mero mero es el patrón. Él pone todo. ¡Me cae que ese señor sí es bien fregón! Ayer vi en la tele que este año compró una cadena de panaderías. ¡Cada día crece más el fruto de su trabajo!
—¡El fruto de su trabajo! ¡Qué locura! ¿Ese «fruto» no sería también del trabajo de mi Rafita y sus compañeros? ¡Pos si ellos ponen la mano de obra! —sostuvo Dominga—. Imagínate si los obreros no trabajaran… ¡De nada serviría todo lo demás! ¡Los quesos, por muy finos que sean, no se hacen solos! Además, si son tan caros, ¿por qué a ustedes les pagan tan poquito?
—¡Ay! Pues porque el patrón ocupa el dinero pa’ sostener el negocio. Él merece quedarse con las ganancias porque se encarga de mantener funcionando la fábrica, de surtir lo que se ocupa y hacer que la empresa siga creciendo —insistió Josué—. Yo, la neta, voy a trabajar bien duro para llegar a ser como él.
—¡Uy, Josué! Ya te pareces al tipo del radio. Dice que uno puede lograr lo que quiera con el trabajo —dijo Rafael—. Pero en mi casa todos hemos trabajado desde chiquillos y nadie se ha hecho millonario como el patrón. Con lo que yo gano apenas si me alcanza para lo más necesario.
—¡Eso! —intervino Dominga—. Es que lo que se queda el dueño le alcanza para invertir, o sea, es dinero que va a recuperar y a aumentar. En cambio, lo que ganan los obreros nomás alcanza para no morirse uno de hambre. Dicen que este año ese empresario se volvió el hombre más rico del mundo. Pero no hubiera podido juntar tanto dinero sin sus empleados.
—No, bueno, hoy ustedes están bien negativos. ¡Ahí muere! No quiero que vayamos a terminar peleando y se enojen los tortolitos. Mejor ahí los dejo pa’ que se despidan, mientras voy por un chesco —alegó Josué.
Dominga aprovechó el momento a solas con Rafael y sacó del fondo de su vitrina una gelatina con figura de corazón, se la dio y dijo emocionada:
—Mira, la hice para expresar lo que siento por ti. ¡Pruébala a ver si te gusta!
—¡Qué bonita! ¡Mmm! ¡Y está bien sabrosa! ¡Tú sí que eres toda una artista! Puedes expresarte y ser creativa en lo que haces. No como yo que siempre hago lo mismo en la fábrica. No sé cómo agradecerte, siento que en cada cosa que me cocinas es como si me dieras un pedacito de ti misma.
—Sí, siempre que cocino me siento contenta con lo que me queda bueno. Y esta la hice especialmente para ti, porque eres bien lindo. Aunque la verdad, últimamente te siento triste. A mí me gustaría que fuéramos a algún lugar los fines de semana, que hiciéramos más cosas juntos.
—¡Ay! ¡Mi niña! La verdad es que no me he sentido muy bien en estos días. Termino bien cansado del trabajo y de la escuela, y el fin de semana lo único que quiero es descansar, tomarme algo, echarme un taco y dormir —Rafael suspiró y luego continuó—. Además, me da mucha pena, pero casi no me alcanza el dinero; por más que le he echado ganas a la chamba, no he podido juntar para tu regalo. Y me siento como un perdedor. Dicen algunos que trabajando se hace uno rico, pero a mí hasta se me hace que es al revés. ¿De qué me sirve trabajar más duro, si, aunque ahora se hagan más quesos en un día, a nosotros nos pagan lo mismo que antes?
—¡No digas eso, Rafael! Tú eres un muchacho bien inteligente. Además, tienes talento para la música, y siempre te esfuerzas para salir adelante.
—¡Qué cosas tan bonitas me dices! Lo malo es que parece que tú eres la única en el mundo que ve todo eso en mí. Contigo me siento como si de veras fuera importante. En cambio, en el trabajo, a veces me siento como una máquina más.
—¡Claro que no! Las máquinas son cosas y tú eres una persona, para mí, la más especial de todas las personas del mundo…
El grito lejano de Josué interrumpió la conversación de la pareja:

 —¡Ándale, Rafa! Ya vámonos pa’ dentro que nos van a descontar el día si llegamos tarde.

No hay comentarios:

Publicar un comentario