domingo, 2 de abril de 2017

Cuarto material

Esa mañana, los párpados le pesaban más que los bultos que había cargado el día anterior. Sin embargo, tenía que levantarse, a las cinco en punto, como lo hacía desde que había entrado a trabajar y estudiar. Juntó todas sus fuerzas y puso el dedo gordo de un pie en la tierra. La humedad trepó hasta sus talones, sintió helarse, pero aun así bajó la otra pierna mientras se tallaba los ojos.
—¡Ándale, hijo! ¡Ya es hora! Apúrate a quitar el agua de la lumbre porque voy a poner el comal —dijo Pascuala, su madre.
La voz de ella se mezclaba con el rumor del río, el canto del gallo y el parloteo de la radio. Rafael seguía medio atolondrado, se resistía a aceptar que aquellas imágenes de una vida distinta habían sido solo las escenas fugaces de otro sueño que se disolvía al amanecer. Se quedó sentado unos segundos, con la mirada fija en un charco del piso. Como ya sus hermanos se habían levantado, su mamá subió el volumen de la grabadora.
«¡Amigos radioescuchas de La Ke-Rica 106.5! ¡Excelente mañanita de viernes para todos! —exclamaba un popular conductor—. ¡Es hora de levantarse! ¡A sacudirse la flojera que es enemiga del éxito! Recuerda que el secreto de la felicidad está en hacer lo que te apasiona. No veas tu trabajo como una carga, sino como una oportunidad para sentirte realizado».
—¡Ándale, hijo, ya párate, que el agua se va a enfriar! —insistió Pascuala.
Rafael asintió con la cabeza, como en automático, pero seguía repitiéndose a sí mismo las palabras del locutor «hacer lo que te apasiona…». No podía evitar pensar en lo mucho que le hubiera gustado estudiar guitarra. En cambio, tenía que ir a trabajar a una fábrica de quesos finos y así ganar lo indispensable para sobrevivir.
A pesar del sopor, se levantó, metió el agua caliente y se bañó. El frío de Chipilo no da tregua a esas horas de la madrugada, así que se vistió lo más rápido que pudo: el pantalón de mezclilla que usaba del diario, la playera descolorida del Mundial del 2010, los tenis negros rasgados.
—¡Ya está el café! —anunció Pascuala—. Hijo, siento feo, pero ahora sí te voy a poner nomás tortillas con salsa para el almuerzo. A ver si al rato se vende algo en el mercado, y saco para comprar aunque sea tantito requesón. Desde que pusieron la tienda esa grandota donde todo cuesta quince pesos, ya casi no vendo nada porque los clientes dicen que los extranjeros dan todo más barato que yo. ¡Si la gente supiera lo que cuesta hacer lo que nosotros hacemos! —expresó con algo de tristeza.
—No se apure, jefa —contestó Rafael mientras echaba su almuerzo y cosas de la escuela a su mochila.
¡Qué lenta le pareció aquella jornada matutina! En realidad, su malestar había comenzado desde antes. Llevaba días preocupado porque se acercaba el cumpleaños de Dominga y, por más que había intentado ahorrar para comprarle algo, con tantos gastos no le alcanzaba para un regalo, y menos para llevarla a algún lugar a festejar. Pensaba en las palabras del locutor de radio, y más que ánimo, le daban coraje…
Por fin llegó la hora del almuerzo, los minutos que tanto añoraba Rafael para estar un ratito con Dominga, su novia, quien vendía gelatinas afuera de la fábrica de quesos.
—¡Ey, Rafa!, vámonos a almorzar —gritó Josué, un compañero de Rafael—. ¡Ya me urge respirar un poco de aire fresco!
—¿Aire fresco? —replicó Feliciano, un muchacho de intendencia—. Aquí afuera, puro humo negro. ¡Aire fresco… el del cerro donde vivo! Bueno… ¡ya ni ese porque talaron todos los árboles para poner a pastar vacas! Pero, mejor ni digo nada porque de esas vacas es la leche que nos traen acá. ¡Bien dice el lema de nuestra empresa: México es territorio de don Carlos!
—¡Cálmate con nuestra empresa, Feliciano! —dijo Josué sonriendo—. Ya vámonos a almorzar, Rafael. Te ha de estar esperando tu enamorada.
Afuera de la fábrica había una jardinera redonda con el tronco seco que daba una tirita de sombra. Ahí se sentaba Dominga a vender sus gelatinas. A pesar de llevar ya varias semanas de noviazgo, la joven aún se sonrojaba cada que Rafael llegaba a sentarse con ella. Al encontrarse se saludaron con un beso discreto. Por su parte, Josué volteó para otro lado y sacó una bolsa de plástico con comida, llevaba un par de tacos con verdolagas.
—¡Híjole, este taco se me antojaría con uno de esos quesos que hacemos y que se derriten bien rico! ¡Creo que se llama «gouda»! —exclamó Josué.
—¿A poco tú sí has probado los quesos que hacemos aquí? —preguntó Rafael.
—¡No! ¿Cómo crees? ¡Si están bien caros! —respondió Josué—. Pero ya ves que en el comercial que sale en la tele, se ve que ponen en la lumbre el queso ese… ¿cómo se llama? ¡Ah, sí, el gouda! Y se antoja mucho así, bien calientito.
—¡Pues sí! Y eso que tú traes tacos de verdolagas, los míos nomás son de salsa —dijo Rafael meneando la cabeza.
Dominga percibió la vergüenza de Rafael en ese momento, así que intentó bromear un poco y dijo con picardía:
—¡Pues hubieras agarrado un cachito de queso a escondidas!
—¡No, cómo crees, Dominga! ¡Eso sería robar! —reaccionó Josué.
—¡Ash! ¿Cómo va a ser robo comer lo que uno mismo hizo? ¡Rafael hace los quesos y nunca los ha probado! ¡Es como si yo no pudiera comerme una de las gelatinas que hago con mis propias manos!
—¡Ah! Bueno, Dominga, pero aquí es diferente porque el queso no lo hace Rafael solo. Se necesita un montón de cosas: la materia prima, las máquinas, el lugar pa’ trabajar. Y todo eso lo pone el patrón. Lo que pasa es que tú ves al Rafa con ojos de amor, y por eso crees que él es el mero mero de los quesos, pero no. El mero mero es el patrón. Él pone todo. ¡Me cae que ese señor sí es bien fregón! Ayer vi en la tele que este año compró una cadena de panaderías. ¡Cada día crece más el fruto de su trabajo!
—¡El fruto de su trabajo! ¡Qué locura! ¿Ese «fruto» no sería también del trabajo de mi Rafita y sus compañeros? ¡Pos si ellos ponen la mano de obra! —sostuvo Dominga—. Imagínate si los obreros no trabajaran… ¡De nada serviría todo lo demás! ¡Los quesos, por muy finos que sean, no se hacen solos! Además, si son tan caros, ¿por qué a ustedes les pagan tan poquito?
—¡Ay! Pues porque el patrón ocupa el dinero pa’ sostener el negocio. Él merece quedarse con las ganancias porque se encarga de mantener funcionando la fábrica, de surtir lo que se ocupa y hacer que la empresa siga creciendo —insistió Josué—. Yo, la neta, voy a trabajar bien duro para llegar a ser como él.
—¡Uy, Josué! Ya te pareces al tipo del radio. Dice que uno puede lograr lo que quiera con el trabajo —dijo Rafael—. Pero en mi casa todos hemos trabajado desde chiquillos y nadie se ha hecho millonario como el patrón. Con lo que yo gano apenas si me alcanza para lo más necesario.
—¡Eso! —intervino Dominga—. Es que lo que se queda el dueño le alcanza para invertir, o sea, es dinero que va a recuperar y a aumentar. En cambio, lo que ganan los obreros nomás alcanza para no morirse uno de hambre. Dicen que este año ese empresario se volvió el hombre más rico del mundo. Pero no hubiera podido juntar tanto dinero sin sus empleados.
—No, bueno, hoy ustedes están bien negativos. ¡Ahí muere! No quiero que vayamos a terminar peleando y se enojen los tortolitos. Mejor ahí los dejo pa’ que se despidan, mientras voy por un chesco —alegó Josué.
Dominga aprovechó el momento a solas con Rafael y sacó del fondo de su vitrina una gelatina con figura de corazón, se la dio y dijo emocionada:
—Mira, la hice para expresar lo que siento por ti. ¡Pruébala a ver si te gusta!
—¡Qué bonita! ¡Mmm! ¡Y está bien sabrosa! ¡Tú sí que eres toda una artista! Puedes expresarte y ser creativa en lo que haces. No como yo que siempre hago lo mismo en la fábrica. No sé cómo agradecerte, siento que en cada cosa que me cocinas es como si me dieras un pedacito de ti misma.
—Sí, siempre que cocino me siento contenta con lo que me queda bueno. Y esta la hice especialmente para ti, porque eres bien lindo. Aunque la verdad, últimamente te siento triste. A mí me gustaría que fuéramos a algún lugar los fines de semana, que hiciéramos más cosas juntos.
—¡Ay! ¡Mi niña! La verdad es que no me he sentido muy bien en estos días. Termino bien cansado del trabajo y de la escuela, y el fin de semana lo único que quiero es descansar, tomarme algo, echarme un taco y dormir —Rafael suspiró y luego continuó—. Además, me da mucha pena, pero casi no me alcanza el dinero; por más que le he echado ganas a la chamba, no he podido juntar para tu regalo. Y me siento como un perdedor. Dicen algunos que trabajando se hace uno rico, pero a mí hasta se me hace que es al revés. ¿De qué me sirve trabajar más duro, si, aunque ahora se hagan más quesos en un día, a nosotros nos pagan lo mismo que antes?
—¡No digas eso, Rafael! Tú eres un muchacho bien inteligente. Además, tienes talento para la música, y siempre te esfuerzas para salir adelante.
—¡Qué cosas tan bonitas me dices! Lo malo es que parece que tú eres la única en el mundo que ve todo eso en mí. Contigo me siento como si de veras fuera importante. En cambio, en el trabajo, a veces me siento como una máquina más.
—¡Claro que no! Las máquinas son cosas y tú eres una persona, para mí, la más especial de todas las personas del mundo…
El grito lejano de Josué interrumpió la conversación de la pareja:

 —¡Ándale, Rafa! Ya vámonos pa’ dentro que nos van a descontar el día si llegamos tarde.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Acuérdate

En el siguiente cuento se presentan, a manera de recuerdo, distintos personajes, cada uno de ellos fue conocido por el narrador y ejemplifica no solo una forma de vida, sino también una cosmovisión.
Instrucciones.
A) En el cuento Acuérdate, identifica qué personajes son recordados.
B) Señala si su recuerdo proviene de una experiencia o de una sensación.
C) Indica qué es lo que conoce el narrador de los personajes: una experiencia, una sensación o un recuerdo.
D) Establece cuáles son los hechos o las acciones de los personajes que expresan una cosmovisión.
E) Responde, mediante un acróstico con la palabra «memoria», cuál es la importancia de la memoria en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos y de los otros.

Acuérdate
Juan Rulfo
Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga ángel maldito" cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos "el Abuelo" por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias" y la canción esa de "ahí te mando, Señor, otro angelito". De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.

La debes haber conocido, pues era muy discutidora y cada rato andaba en pleito con las vendedoras en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba gritos y decía que la estaban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos". Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en el bolso: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse tuvo que poner un puesto de tepache en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas refinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.

Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepache que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre el risón de todos, pasándolo por una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro".

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso. Dicen que su tío Fidencio, el del molino, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando las campanas todavía estaban tocando el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos y la gente que estaba en la Iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.


Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo. 

Ejercicio Dilthey

A continuación hay un fragmento del libro de Dilthey Psicología y teoría del conocimiento, en el cual se explica el concepto «vivencia». Este concepto resulta fundamental para entender qué es «visión del mundo». Al mismo tiempo permite aclarar las diferencias entre explicar y comprender.

En la vivencia cooperan conjuntamente los procesos de todo el ánimo. En ella se nos da una conexión, mientras que los sentidos nos ofrecen únicamente una multiplicidad de particularidades. El proceso singular es conllevado en la vivencia por la íntegra totalidad de la vida anímica, y la conexión en que se halla dentro de sí mismo y con la totalidad de la vida anímica es algo que pertenece a la experiencia inmediata. Esto determina ya la naturaleza de la comprensión de nosotros mismos y de los demás. Solemos «explicar» mediante procesos puramente intelectuales, pero «comprender» lo hacemos mediante la cooperación de todas las fuerzas del ánimo en la captación. Y para comprender partimos de la conexión del todo, que se nos da de una manera viva, haciéndonos así aprehensible lo singular. El hecho de que vivamos en la conciencia de la conexión del todo nos permite comprender una proposición singular, un gesto o una acción determinada.

Dilthey, W., Psicología y teoría del conocimiento, p. 222 (GS V, p. 172)


Instrucciones.

En la primera columna de la izquierda hay una acción o un hecho.

A) Indica si se trata de una acción o de un hecho.
B) Señala si la acción o el hecho puede captarse solamente a través de los sentidos.
C) Determina con qué potencia puede abordarse la acción o el hecho: intelecto, voluntad o sentimiento.
D) Con base en lo anterior, señalar si la acción o el hecho puede explicarse o comprenderse.


Lo capto mediante los sentidos.

Quiso algo al hacerlo.

Pensó algo al hacerlo.

Tuvo una emoción al hacerlo.
Para responder hemos empleado un proceso meramente intelectual
Para responder hemos relacionado aspectos de la vida.

Puede comprenderse /explicarse

Elvia se quitó los lentes.







Elvia se quitó los lentes porque estaba cansada.







Elvia se puso un suéter de color rojo.







Elvia estudió Literatura.







Elvia es mujer.







Elvia nació en Guerrero.







Elvia busca a qué concierto ir.







Elvia disfrutó muchísimo su viaje a Cancún.







Elvia sale a pasear por las tardes con un muchacho.







Elvia viaja en Semana Santa a casa de sus padres.









miércoles, 15 de marzo de 2017

Visión del mundo

Visión del mundo
Weltanschauung

Jeanete Ugalde
Este concepto es creado por Wilhem Dilthey para nombrar la manera en que el hombre articula los distintos ámbitos de la vida.

Wilhem Dilthey (1833-1911) nació en Briebrich, Alemania. Es uno de los pensadores más representativos del historicismo alemán. Su obra más importante es Introducción a las ciencias del espíritu. Dilthey representa un antecedente fundamental de la hermenéutica, así como de la Fenomenología y el Existencialismo francés.

Distingue dos ámbitos de lo real: la naturaleza y el espíritu, los cuales constituyen dos tipos de conocimiento. La naturaleza pertenece al reino de la causalidad, mientras que el espíritu al de la libertad. El conocimiento que el hombre alcanza de los objetos naturales es nombrado por Dilthey «explicación» (Erklären). Este tipo de conocimiento se encuentra determinado por leyes necesarias y universales, mientras que el conocimiento acerca del espíritu es producto de la historia y cultura humanas. A este segundo tipo de conocimiento lo denomina «comprensión» (Verstehen).

De esta manera, las ciencias se distinguen en: ciencias naturales y ciencias del espíritu. Las ciencias naturales tienen como objeto hechos que se presentan a la conciencia de manera dispersa como procediendo fuera de ella, en cuanto meros fenómenos. Por otra parte, el objeto de las ciencias del espíritu no es un fenómeno externo al hombre mismo, sino algo interior, que se encuentra en íntima relación con su vida anímica.

Para Dilthey no hay formas puras del conocimiento, sino que todas las formas del conocimiento se fundamentan en la experiencia misma. La «vivencia» (Erlebnis) es el fundamento último del conocimiento. En ella encuentra sus condiciones. La experiencia se constituye en la conexión de los estados anímicos del hombre. De esta manera, el pensamiento no se encuentra separado de la vida, sino que aparece en el mismo proceso de la vida. El análisis de la experiencia lleva a Dilthey a determinar las llamadas «categorías vivas» en oposición a las «categorías a priori» kantianas. Estas son resultado de la experiencia y, por lo tanto, a posteriori. Entre ellas se encuentran las ideas de conexión, estructura, sentido y significado.

Para Dilthey, la vida se compone de vivencias que se encuentran en íntima relación. Toda vivencia particular se encuentra referida a un «yo». La conexión de la vida la experimentamos como una íntima relación de partes que tienen un orden y un sentido propio, de tal manera que las experiencias tienen una estructura. Del mundo exterior procede toda la serie de estímulos que se proyectan en la vida psíquica como la sensación, la percepción y la representación. A partir de estos estímulos se producen cambios que al observarlos se acompañan de una diversidad de sentimientos, que dependen del valor que le proporcionamos a estos estímulos en la vida. Esta valoración de los estímulos genera impulsos, deseos o procesos volitivos a partir de los cuales la realidad es adaptada a la vida o la vida se somete a la realidad.

Dilthey caracteriza la vida por la capacidad de reaccionar ante los estímulos que vienen del exterior. Lo vivo se encuentra en una constante interacción con el medio ambiente y todo lo que lo rodea, con el objetivo de preservar la vida y alcanzar su complemento, que es lo exterior, el mundo. Este proceso de interacción con el ambiente lleva a una sucesión estados, de tal manera que la estructura psíquica se modifica o evoluciona. Así, la vida comienza en el tiempo en tanto implica la interacción con un ambiente y termina en el tiempo. La vida aspira a adecuar el medio a sus necesidades. Esta interacción de lo vivo con su entorno hace imposible separar la vida del mundo, de tal manera que establece una relación psicofísica con el mundo. Dentro del proceso vital, la racionalidad despliega su capacidad directriz en un segundo momento, sin que la vida se transforme en mera racionalidad, pues siempre va acompañada de estados anímicos y de procesos volitivos. En el ser humano, la vida se distingue en vida biológica y vida psiquíca. Ambos aspectos de la vida conforman una misma realidad: la vida temporal e histórica. El mundo hace aparición en la vida como experiencia. La vida, al mismo tiempo que algo privado y personal es algo público, cultural y social, es decir, algo histórico, de tal manera que en la vida estamos relacionados, no solo con los hombres que habitan nuestro propio tiempo, sino con los que han vivido antes que nosotros.


Dilthey llama «visión del mundo» a la estructura psíquica que, con base en las experiencias de orden religioso, artístico, político y filosófico se articula para comprender y dar sentido a la vida y al mundo en una cultura o sociedad. Esta «visión del mundo» pretende articular los bienes y valores de una sociedad, así como las formas de conducta que pueden ayudar para obtenerlos. La «visión del mundo» no es una mera racionalización de la experiencia, sino que en ella se unifican las distintas potencias del ser humano: intelecto, voluntad y sentimiento. Ahora bien, aunque las «visiones del mundo» encuentran su origen en la unidad psíquica del ser humano, que parece no estar sujeta a variabilidad, el temple histórico en el que se desarrolla hace que existan diferentes formas espirituales que están sujetas a una caducidad y cambio. De esta manera, la vida humana es para Dilthey mundana, porque acontece en un mundo que es exterior. Es intersubjetiva porque, en tanto se despliega en el mundo, nos encontramos en relación con otras subjetividades e historias, porque la vida se da en el tiempo. 

miércoles, 8 de marzo de 2017

COLLAGE

Beuchot acepta la definición que propone Santo Tomás: "supuesto [o individuo: suppositum] de naturaleza racional", y la explica de la siguiente manera: el supuesto o "individuo" expresa que la persona es perfecta y unitaria de suyo, es autónoma, independiente y suficiente, en el nivel ontológico, para ser. La "naturaleza racional" significa que tiene espíritu, con dos facultades: conocimiento y voluntad, o sea, la persona "es conciente y libre y, por lo mismo, responsable".
Beuchot dice que las actividades cognoscitivas y volitivas muestran la inmaterialidad del espíritu porque sus operaciones no se reducen a las del organismo. En efecto, el conocimiento tiene, como dos de sus características, ser universal y reflejo. Es universal cuando el hombre forma conceptos abstractos esenciales a partir de lo singular, V gr.: ¿en qué se parecen una pelota, una manzana, un disco, una llanta? En que son redondas. Redondo es un concepto universal elaborado, no por los sentidos que únicamente captan lo singular y material, sino por el intelecto que al ser inmaterial conoce las esencias, las que también son inmateriales.
El otro tipo de conocimiento es la reflexión, i.e. doblarse sobre sí mismo para conocer las propias vivencias (algo así como el examen de conciencia). Doblarse sobre sí mismo no puede realizarlo un ser puramente material, según lo muestra la experiencia diaria, pues estaría ocupando dos veces el mismo lugar, lo cual, por definición, es absurdo, ya que la materia ocupa un lugar en el espacio. En cambio, un ser espiritual, por carecer de materia, puede plegarse sobre sí mismo. Este ser es el espíritu o alma, que es inmaterial.

Persona, en nuestra cultura, se opone a cosa y a animal, aunque de distinto modo. En cuanto opuesto a cosas y a animales el término persona se aproxima al término hombre. Sin embargo, no se superpone con él:
 (1º) Porque existen, entre las creencias de nuestra cultura, y sobre todo en el lenguaje, personas no humanas (personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; personas angélicas o diabólicas; o incluso las extraterrestres).
(2º) Porque hay seres o cosas que son humanos, pero no son personales (por ejemplo, el «hombre de Neanderthal» –nadie dice: «la persona de Neanderthal»– o bien una máquina, un mueble, y en general, la «cultura extrasomática», que es humana, «cultura humana», y no es personal).
Persona humana añade algo no solo a «persona» sino también a «humano». El hombre recibe una determinación importante cuando se le considera como persona, así como la persona recibe una determinación no menos importante cuando se la considera como humana. Por tanto, no es lo mismo hombre que persona, como tampoco es lo mismo hombre que ciudadano. «Hombre» es un término más genérico o indeterminado, que linda con el «mundo zoológico» (decimos hombre de las cavernas, pero sería ridículo decir persona de las cavernas); «persona» es un término más específico que tiene que ver con el «mundo civilizado» o, si se prefiere, con la constelación de los valores morales, éticos o jurídicos propios de este mundo. La misma etimología de la palabra persona demuestra que es un concepto sobreañadido al concepto de hombre. Un refrán de origen jurídico, también lo recuerda: homo plures personas sustinet, es decir, el hombre sostiene o desempeña muchas máscaras o papeles (un mismo hombre es empresario y delincuente, es padre y metalúrgico.). «Persona» era, en efecto, la máscara o careta que usaban los actores de la tragedia para hablar –per sonare–. No decimos que los hombres actuales puedan no ser personas; decimos que cabe un concepto de hombre al margen del concepto de persona. En el derecho romano los esclavos eran hombres, pero no eran personas. Lo que queremos subrayar es que aquellos juristas romanos que usaban el concepto de hombre lo disociaban del concepto de persona; de suerte que, históricamente, ocurre como si nuestro concepto actual de persona, como equivalente a hombre, fuese el resultado de una ampliación del concepto de persona a los esclavos. Según esto cabría decir que el concepto de persona apareció como resultado de un proceso vinculado a la liberación, al menos teórica, de los esclavos (o de los bárbaros) y no como un mero concepto abstracto, mental, intemporal.

En el tomo I de “El Capital”, Marx distingue entre la naturaleza humana en general y la naturaleza humana históricamente condicionada por cada época. Con esta distinción señala que el hombre posee algunos rasgos que van más allá de la posible influencia de la sociedad, dependientes de nuestra estructura biológica y psicológica, y que determinan apetitos o inclinaciones comunes a todos los hombres (por ejemplo el instinto por satisfacer el hambre, el instinto sexual, la inclinación a la sociabilidad, ...). La sociedad podrá encauzar y realizar las disposiciones que dependen de esta naturaleza constante de distintos modos, pero nunca podrá eliminarlas. Frente a estos rasgos universales se encuentran los que son consecuencia de las estructuras sociales y las condiciones de producción y que son distintos en cada momento histórico. El concepto de naturaleza humana es importante porque sirve de fundamento para la universalidad de la crítica marxista: la explotación del hombre por el hombre es inaceptable porque todos los hombres son por naturaleza iguales, porque todos los hombres por naturaleza son seres activos cuyo destino es la perfección y el bien en la esfera del trabajo.

Consideremos un objeto fabricado, por ejemplo un libro o un cortapapel. Este objeto ha sido fabricado por un artesano que se ha inspirado en un concepto; se ha referido al concepto de cortapapel, e igualmente a una técnica de producción previa que forma parte del concepto, y que en el fondo es una receta. Así, el cortapapel es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, y no se puede suponer un hombre que produjera un cortapapel sin saber para qué va a servir ese objeto. Diríamos entonces que en el caso del cortapapel, la esencia es decir, el conjunto de recetas y de cualidades que permiten producirlo y definirlo precede a la existencia; y así está determinada la presencia frente a mí de tal o cual cortapapel, de tal o cual libro. Tenemos aquí, pues, una visión técnica del mundo, en la cual se puede decir que la producción precede a la existencia. Al concebir un Dios creador, este Dios se asimila la mayoría de las veces a un artesano superior; y cualquiera que sea la doctrina que consideremos, trátese de una doctrina como la de Descartes o como la de Leibniz, admitimos siempre que la voluntad sigue más o menos al entendimiento, o por lo menos lo acompaña, y que Dios, cuando crea, sabe con precisión lo que crea. Así el concepto de hombre, en el espíritu de Dios, es asimilable al concepto de cortapapel en el espíritu del industrial; y Dios produce al hombre siguiendo técnicas y una concepción, exactamente como el artesano fabrica un cortapapel siguiendo una definición y una técnica. Así, el hombre individual realiza cierto concepto que está en el entendimiento divino. En el siglo XVIII, en el ateísmo de los filósofos, la noción de Dios es suprimida, pero no pasa lo mismo con la idea de que la esencia precede a la existencia. Esta idea la encontramos un poco en todas partes: la encontramos en Diderot, en Voltaire y aun en Kant. El hombre es poseedor de una naturaleza humana; esta naturaleza humana, que es el concepto humano, se encuentra en todos los hombres, lo que significa que cada hombre es un ejemplo particular de un concepto universal, el hombre; en Kant resulta de esta universalidad que tanto el hombre de los bosques, el hombre de la naturaleza, como el burgués, están sujetos a la misma definición y poseen las mismas cualidades básicas. Así pues, aquí también la esencia del hombre precede a esa existencia histórica que encontramos en la naturaleza. El existencialismo ateo que yo represento es más coherente. Declara que si Dios no existe, hay por lo menos un ser en el que la existencia precede a la esencia, un ser que existe antes de poder ser definido por ningún concepto, y que este ser es el hombre, o como dice Heidegger, la realidad humana. ¿Qué significa aquí que la existencia precede a la esencia? Significa que el hombre empieza por existir, se encuentra, surge en el mundo, y que después se define. El hombre, tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Solo será después, y será tal como se haya hecho. Así, pues, no hay naturaleza humana, porque no hay Dios para concebirla. El hombre es el único que no solo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace.

En equipos de máximo cinco integrantes y mínimo de tres:
1. Identifiquen, en cada uno de los cuatro textos, al menos dos características de «persona» que agregan algo nuevo a lo que discutimos o trabajamos en clase.
2. Señalen, de cada uno de los cuatro textos, al menos dos características de «persona» que discutimos o trabajamos en clase.
3. Con base en los incisos anteriores, indiquen las características de «persona» que pueden ser compatibles entre ellas.
4. Con base en los incisos 1 y 2, indiquen las características de «persona» que son antinómicas.

5. Con las características que indican en los incisos 3 y 4 elaboren un collage que responda a cualquiera de las tres preguntas siguientes: ¿Cuál es la naturaleza humana? ¿Qué es «ser persona»? ¿Qué es «ser humano»?